Tolerancia a la frustración: aprender del error

Qué significa “tolerar” la frustración en la infancia y cómo ayudar a tu peque a intentarlo otra vez, con calma y criterio.

Introducción

Una torre que se cae por tercera vez. Un puzle que “no entra” y acaba volando. Un “no quiero” justo cuando toca ponerse los zapatos. La frustración aparece en casa, en el parque, en el cole… Es parte del desarrollo.

Aprender a estar con esa incomodidad, sin desbordarse ni rendirse, tiene mucho que ver con la autonomía, la autoestima y la forma en que aprenden. Se entrena, poco a poco, con adultos que guían sin dirigir el resultado.

Qué es la tolerancia a la frustración

Tolerar la frustración no significa que al peque “le dé igual” equivocarse. Significa que, cuando algo no sale, puede sostener la emoción el tiempo suficiente como para probar una alternativa, pedir ayuda de forma útil o parar y volver después.

Error + emoción + aprendizaje

En la infancia, el error no es solo información: también activa emoción (rabia, vergüenza, miedo, cansancio). Por eso la tolerancia a la frustración se apoya en dos pilares que crecen con los años:

1. Regulación emocional (le ayudará a controlar). 
2. Funciones ejecutivas (planificar, cambiar de estrategia, inhibir impulsos).

Un matiz importante. Hay diferencias normales: temperamento, sensibilidad, sueño, hambre, cambios de rutina, etapa evolutiva, demandas del cole… Incluso el mismo peque tolera distinto un martes tranquilo que un jueves con extraescolares y sin siesta. ç

Qué dice la evidencia 

1) El cerebro necesita práctica y relaciones para regularse

Las funciones ejecutivas y la autorregulación no vienen “instaladas” al nacer: se construyen con experiencias repetidas, apoyos adecuados y un entorno que acompaña. Harvard lo resume con una imagen muy clara: son como un “sistema de control aéreo” que ayuda a gestionar información y decisiones.

2) El clima familiar importa

La investigación sobre regulación emocional en infancia señala que la familia influye por varias vías: lo que el peque observa (modelado), cómo respondemos a sus emociones (validar, poner límites, guiar) y el clima emocional general (más o menos predecible, más o menos tenso).

3) “Lo hago yo” puede bajar la persistencia

Hay estudios experimentales que muestran que cuando el adulto toma el control en una tarea difícil (por ejemplo, un puzle), después los niños pueden persistir menos en tareas nuevas que si el adulto enseña o acompaña sin resolver por ellos. La idea no es “no ayudar”, sino elegir cómo ayudar.

Señales y ejemplos en la vida diaria

La frustración puede verse de muchas formas, no solo como rabieta:

En casa

  • Se enfada al vestirse: “¡No puedo!” y pide que lo hagas tú a la primera.
  • Rompe el dibujo si “no queda perfecto”.
  • Se bloquea con el juego y entra en bucle: 

Con hermanos: un error en la construcción acaba en empujón o grito.

En el cole

  • Evita tareas nuevas por miedo a equivocarse.
  • Pregunta al profe cada 30 segundos para confirmar que lo hace “bien”.
  • Se desconecta cuando algo no sale rápido.
  • Reacciona con enfado ante correcciones.

Señales corporales típicas

Mandíbula apretada, respiración rápida, manos tensas, lloriqueo, irritabilidad, “todo me molesta”. En peques, el cuerpo suele hablar antes que las palabras.

Qué podemos hacer

  • Reto justo: ni imposible (explota), ni demasiado fácil (aburre). Esto es “zona de aprendizaje”.
  • Ayuda por momentos: primero observo, luego doy una pista, luego acompaño con manos… y solo al final rescato.
  • Lenguaje tranquilizador: poner palabras a emoción + acción (“estás enfadado, estás intentando, probamos otra”).

La tolerancia a la frustración es como aprender a montar en bici. Las primeras veces hay tambaleo y alguna caída. El objetivo no es que nunca se caiga: es que tenga un entorno seguro y que, tras caer, pueda pensar: “¿Qué ajusto? ¿el sillín? ¿la velocidad? ¿dónde pongo el pie?”. 

El aprendizaje aparece en ese ciclo: intento → error → ajuste. Y el adulto no pedalea por el peque: acompaña al lado.

Errores comunes y mitos y por qué no ayudan

  • “Si se frustra, hay que evitarlo.” Evitar todo error quita práctica. Mejor retos pequeños y sostenibles.
  • “Que espabile: así se hace fuerte.” Dureza sin sostén suele aumentar desborde o evitación. La regulación se construye con apoyo y límites.
  • “Si llora, manipula.” En la infancia, muchas veces es desbordamiento, no estrategia. Mirar el contexto ayuda más que etiquetar.
  • “Elogiar mucho siempre motiva.” Importa qué elogias: proceso y estrategias suelen apoyar mejor la persistencia que etiquetas de capacidad.
  • “Tiene poca tolerancia porque es vago.” La evitación puede ser miedo a fallar, cansancio, falta de herramientas o un reto mal calibrado.


La tolerancia a la frustración no se enseña con charlas ni se fabrica a base de aguantar. Se construye con pasos pequeños, con retos que tienen sentido, con un adulto que pone límites sin soltar la mano, y con un lenguaje que convierte el error en información. Cuando el peque vive el ciclo ensayo–error–ajuste en un entorno seguro, aprende dos cosas potentes: que equivocarse no le define y que puede volver a intentarlo.

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